Balance de la COP30: financiación para la adaptación al cambio climático, protección forestal y la hoja de ruta empresarial
Las cumbres climáticas se enfrentan a un desafío mayúsculo: pedir a 195 naciones que acuerden transformar la economía global mientras esa economía sigue funcionando. La COP30 en Belém encarnó esta complejidad, sin ofrecer el avance que muchos esperaban ni el colapso que algunos temían, sino algo más matizado: el trabajo paciente y esencial de construir consenso entre circunstancias nacionales vastamente diferentes.
Los titulares se centraron en lo que faltaba: un lenguaje explícito sobre combustibles fósiles en el texto final. Sin embargo, Belém logró avances sustanciales en múltiples frentes. El Tropical Forests Forever Facility (TFFF) avanzó con más de 6.700 millones de dólares hacia su meta de 125.000 millones, una financiación significativa para la protección forestal a una escala sin precedentes. Los países acordaron triplicar la financiación para la adaptación al cambio climático, reconociendo las necesidades urgentes de las naciones más vulnerables al cambio climático. Se adoptó el Belém Gender Action Plan, que reconoce formalmente las realidades interseccionales de las mujeres indígenas, las mujeres con discapacidad y las mujeres afrodescendientes en la política climática. Se estableció un mecanismo de transición justa, el primero bajo la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), para proteger a trabajadores y comunidades en el cambio hacia energías limpias. En términos más amplios, el Global Ethical Stocktake afirmó que la equidad, la inclusión y la responsabilidad deben guiar cada decisión para la acción climática.
En cuanto a los combustibles fósiles específicamente, el progreso llegó fuera del texto formal: la presidencia de la COP30 se comprometió a desarrollar hojas de ruta sobre deforestación y transición energética, y Colombia y los Países Bajos acogerán la primera Conferencia Internacional para la Eliminación de los Combustibles Fósiles en Santa Marta (Colombia), los días 28 y 29 de abril de 2026.
La COP30 merece reconocimiento por impulsar la acción climática en un frente tan amplio durante un momento geopolítico turbulento. La filosofía de mutirão, el esfuerzo colectivo por un bien común, abrió camino donde las negociaciones tradicionales se atascaron. Así avanzan las transiciones en la práctica: mediante la acumulación paciente de marcos, mecanismos y compromisos que gradualmente modifican los incentivos económicos y crean nuevas posibilidades.
El verdadero logro de la COP30 puede estar en lo menos visible: convertir los compromisos en marcos que funcionen. La Open Coalition on Compliance Carbon Markets de Brasil ejemplifica este enfoque práctico, reuniendo a China, la UE, el Reino Unido y otras grandes economías, no para imponer precios uniformes de carbono, sino para permitir el comercio pese a las diferencias en los precios del carbono.
Y es que cada país parte de una realidad muy distinta. China genera el 55% de su electricidad a partir del carbón mientras lidera la fabricación solar. India depende del carbón para el 73% de su generación eléctrica, pero debe proporcionar electricidad a millones que aún carecen de acceso. Estados Unidos depende del gas natural para el 40% de su energía mientras lidera en innovación tecnológica. Alemania, a pesar de su Energiewende, vivió una crisis de seguridad energética tras cortar el suministro de gas ruso. La UE cuenta con mercados de carbono maduros con precios que actualmente fluctúan entre 60 y 80 euros por tonelada, mientras muchas naciones en desarrollo se encuentran en diversas etapas de implementación de precios de carbono, desde la consideración inicial hasta sistemas operativos. Los pequeños estados insulares enfrentan amenazas existenciales que requieren adaptación inmediata con recursos mínimos.
Esta complejidad se extiende al nivel corporativo. Un estudio reciente[1] revela que el 98% de las empresas públicas carecen de estrategias creíbles de reasignación de capital, excediendo colectivamente sus presupuestos de carbono en un 61% hasta 2050. Esta brecha refleja los desafíos prácticos que toda empresa enfrenta: cómo valorar activos encallados, en qué tecnologías apostar, cómo satisfacer resultados trimestrales mientras se invierte en transformaciones que duran décadas.
Varios países están desarrollando marcos para cerrar esta brecha de implementación. Los Planes de Transición Sectorial del Reino Unido[2], anunciados poco antes de la COP30, muestran cómo industrias específicas pueden crear hojas de ruta detalladas de descarbonización. La trayectoria del impuesto al carbono de Singapur proporciona certeza de precios. La recién aprobada estrategia de Transformación Verde de Japón va más allá, emitiendo 20 billones de yenes (133.000 millones de dólares) en bonos de transición climática mientras establece un sistema obligatorio de comercio de emisiones para 2026[3].
Para las empresas que operan globalmente, este mosaico crea complejidad, pero también oportunidad. Las organizaciones que desarrollan capacidades para navegar múltiples marcos, midiendo su huella de carbono según diferentes estándares, adaptando estrategias a contextos locales, integrando resiliencia en la planificación, obtienen ventajas competitivas hoy y reducen su exposición financiera mañana, a medida que los mecanismos de precios de carbono se expanden y endurecen. Las empresas que avanzan de verdad actúan ahora en lugar de esperar una armonización perfecta.
Al margen de los marcos globales de la COP30, el panorama energético ya es otro: la seguridad de suministro ha entrado de lleno en la agenda de los consejos de administración. Un estudio reciente de Schneider Electric muestra que las renovables representan ya más del 40% de la generación global, con la energía eólica y solar sumando el 25%. Los contratos de compra de energía a largo plazo (PPAs, por sus siglas en inglés) alcanzaron máximos históricos en 2024, impulsados no por la regulación sino por pura rentabilidad: las renovables son la fuente más rentable de nueva capacidad en aproximadamente el 60% de los mercados globales.
La eficiencia energética sigue siendo una palanca crítica. Los desequilibrios entre oferta y demanda pueden crear oportunidades financieras para las empresas, desde un mejor retorno de inversión en proyectos de eficiencia energética hasta nuevas fuentes de ingresos por participación en programas de respuesta a la demanda. Se espera que la flexibilidad del lado de la demanda desempeñe un papel creciente a medida que aumenta la electrificación, con la demanda asumiendo un rol activo en el equilibrio de la red eléctrica en lugar de recibir pasivamente el suministro.
Qué deben hacer las empresas ahora: Invertir en energía renovable, eficiencia energética y estrategias de electrificación para ahorrar costes y reducir la exposición al cambio climático. Donde estén disponibles, asegurar energía renovable mediante contratos de compra de energía a largo plazo para garantizar previsibilidad de costes y reducir la exposición a la volatilidad de los combustibles fósiles. Ser proactivos con los proveedores eléctricos sobre posibles aumentos de carga para evitar restricciones de suministro. Explorar las oportunidades financieras creadas por los desequilibrios entre oferta y demanda, desde un mejor retorno en proyectos de eficiencia energética hasta nuevas fuentes de ingresos mediante programas de respuesta a la demanda. Y mantenerse informados sobre tendencias energéticas a corto plazo mientras se construyen estrategias a largo plazo en torno a presupuestos, contratos energéticos y evaluaciones de riesgo climático. Las empresas que tomen estos pasos ahora estarán mejor posicionadas para adaptarse a medida que evolucionen las condiciones del mercado.
Mientras la COP30 avanzaba en las discusiones sobre cooperación internacional, los precios del carbono se implementan cada vez más a través de mecanismos regionales. El Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM, por sus siglas en inglés) de la UE entra en su fase definitiva en enero de 2026, aunque las compras de certificados se han pospuesto hasta febrero de 2027: los importadores siguen siendo responsables de las emisiones de 2026, pero ganan tiempo adicional para prepararse para el pago. El Reino Unido seguirá con su propio CBAM en 2027, exigiendo a los importadores que paguen por las emisiones a menos que sus países de origen tengan precios de carbono equivalentes.
Para las empresas, el CBAM ha resultado más complejo de lo previsto. Tras la fecha límite de julio de 2025, las empresas deben recopilar datos de emisiones específicos de cada instalación de sus proveedores: consumo energético, eficiencia de combustibles, procesos de producción, etc. A partir de 2026, los importadores de la UE solo podrán usar datos de emisiones específicos si sus proveedores han pasado una verificación por terceros, incluyendo visitas físicas a las instalaciones. Los proveedores sin verificación dejan a los importadores sin más opción que reportar usando valores por defecto de la UE, que asumen mayor intensidad de emisiones y resultan en mayores costes de CBAM. Son requisitos que muchos proveedores, particularmente en países en desarrollo, tienen dificultades para cumplir. Algunos están reconsiderando sus relaciones con proveedores basándose en la disponibilidad de datos, y no solo en precio o calidad.
Qué deben hacer las empresas ahora: Comenzar mapeando la intensidad de carbono de su cadena de suministro antes de que comiencen las obligaciones de pago. Priorizar el contacto con proveedores de altas emisiones para comprender sus capacidades de datos y planes de descarbonización. Considerar estrategias de doble aprovisionamiento, manteniendo las relaciones existentes mientras se desarrollan alternativas con menores huellas de carbono o mejores sistemas de datos. Y lo más crítico: incorporar los costes futuros de carbono en las decisiones de aprovisionamiento hoy; esto es tanto una cuestión de resiliencia de la cadena de suministro como de reducción de emisiones.
Uno de los objetivos clave de la COP30 era alcanzar consenso sobre indicadores para medir el progreso global en adaptación bajo la Meta Global de Adaptación (GGA, por sus siglas en inglés). Se adoptaron 59 indicadores, cubriendo financiación, transferencia de tecnología, desarrollo de capacidades y políticas sensibles al género, aunque persisten dudas sobre la implementación, con posibles revisiones hasta 2027[4].
El acuerdo de triplicar la financiación para la adaptación para 2035 se queda corto respecto a lo que las naciones vulnerables necesitan hoy, pero proporciona una certeza crucial para la planificación. Según S&P Global, los impactos climáticos ya cuestan el 3,3% del valor de los activos anualmente en regiones expuestas, cifra que aumenta al 28% en escenarios extremos[5]. Los seguros se han vuelto inaccesibles o inasequibles para muchos activos. Las cadenas de suministro diseñadas para condiciones históricas más estables se fracturan cada vez más bajo los extremos actuales.
El compromiso de 120.000 millones de dólares anuales para adaptación representa un avance, pero, desafortunadamente, las empresas no pueden esperar a que la financiación pública resuelva los riesgos del sector privado. Los impactos físicos del clima se aceleran más rápido que la financiación para la adaptación, creando tanto amenazas inmediatas como oportunidades de ahorro de costes a medio y largo plazo.
Qué deben hacer las empresas ahora: La adaptación al cambio climático no es un gasto defensivo, es una inversión necesaria en continuidad operativa y posicionamiento de mercado. Realizar evaluaciones granulares de riesgo climático en todas las instalaciones y cadenas de suministro. Invertir en medidas de adaptación que ofrezcan beneficios operativos inmediatos: sistemas de reciclaje de agua que reducen tanto el riesgo de sequía como los costes, mejoras de edificios que reducen el consumo energético mientras mejoran la resiliencia al calor, diversificar la base de proveedores, lo que refuerza la resiliencia climática y de mercado. Además, desarrollar productos y servicios para mercados alterados por el clima. Las empresas que diseñen para las condiciones climáticas de mañana captarán una demanda emergente valorada en billones.
Mientras los gobiernos trabajan en los tecnicismos del Artículo 6, el mercado voluntario de carbono sigue operando, proporcionando canales inmediatos para la financiación climática donde los marcos regulatorios permanecen incompletos.
El informe de SE Advisory Services “Carbon Credit Outlook 2025”, lanzado poco antes de la COP30, captura esta realidad. Con el 55% de las empresas encuestadas planeando escalar su compromiso con créditos de carbono para 2030, y el 40% ya activamente involucradas, las empresas no están esperando una claridad regulatoria perfecta. El informe muestra que las empresas están construyendo carteras diversificadas que equilibran el impacto inmediato a través de soluciones basadas en la naturaleza (que el 50% prioriza por sus beneficios complementarios en biodiversidad) con remociones tecnológicas emergentes.
Qué deben hacer las empresas ahora: Usar los créditos de carbono para complementar, no sustituir, reducciones ambiciosas de emisiones. Considerar la inversión directa en la conservación y restauración de ecosistemas alineada con las operaciones del negocio. Construir carteras diversificadas que apoyen el camino hacia la descarbonización. Usar créditos basados en la naturaleza rigurosamente verificados para abordar emisiones mientras se transforman las operaciones. Simultáneamente, explorar opciones de remoción tecnológica para emisiones residuales verdaderamente difíciles de abatir. Priorizar proyectos con permanencia verificada, líneas base conservadoras y una fuerte participación comunitaria. Contar con asesores experimentados que sepan evaluar la calidad de los créditos de carbono y cómo integrarlos en la estrategia.
La COP30 puso la biodiversidad en primer plano. La iniciativa TFFF y el Compromiso de la Cuenca del Congo demuestran el creciente reconocimiento de que la crisis climática y la crisis de la naturaleza son inseparables. La naturaleza sustenta un valor económico global estimado de 44 billones de dólares[6], y abordar el clima y la naturaleza por separado no solo desaprovecha sinergias, sino que puede generar efectos contraproducentes. SE Advisory Services responde a este doble desafío con estrategias integradas de clima y naturaleza, porque las capacidades para descarbonizar y para transformarse con un impacto neto positivo en la naturaleza están profundamente conectadas. Las organizaciones que integren estrategias positivas para la naturaleza hoy estarán bien posicionadas para liderar a medida que se fortalezcan los requisitos de divulgación y los mercados comiencen a valorar el riesgo de biodiversidad.
El informe elaborado por SE Advisory Services, en colaboración con Spainsif, la plataforma de encuentro y referencia en materia de finanzas e inversión sostenibles en España, “Financiación e Inversión: Horizontes en Biodiversidad 2025”, revela que las instituciones financieras están desarrollando estrategias de biodiversidad impulsadas por los riesgos de dependencia más que por el cumplimiento normativo. El informe identifica la medición como la principal barrera. A diferencia de la métrica única del carbono, la biodiversidad se resiste a la cuantificación simple. El nuevo estándar global para la biodiversidad, ISO 17298, en cuyo desarrollo contribuyó SE Advisory Services, proporciona marcos de evaluación, mientras que herramientas como ENCORE, nuestra próxima herramienta NaRVal (Nature Risk Valuation) y el Global Biodiversity Score pueden apoyar el progreso frente a dichos marcos.
Qué deben hacer las empresas ahora: Comenzar comprendiendo su huella de biodiversidad: mapear de qué servicios ecosistémicos depende su negocio. Usar el marco LEAP del Grupo de Trabajo sobre Divulgación de Información Financiera relacionada con la Naturaleza (TNFD, por sus siglas en inglés) para identificar sistemáticamente las dependencias e impactos relacionados con la naturaleza en toda su cadena de valor. Establecer líneas base antes de que llegue el reporte obligatorio, utilizando marcos como la ISO 17298 y herramientas como nuestra próxima NaRVal, ENCORE y el Global Biodiversity Score.
Si ya han implementado el marco del Grupo de Trabajo sobre Divulgación de Información Financiera relacionada con el Clima (TCFD, por sus siglas en inglés) para el reporte de riesgo climático, aprovechen esa infraestructura para el marco del TNFD; esta integración refleja la realidad de que los riesgos climáticos y de la naturaleza están interconectados y deben gestionarse juntos, no en flujos de trabajo paralelos. Lo más crítico: desarrollar capacidades mediante la práctica en lugar de esperar datos perfectos.
El lanzamiento del AI Climate Institute (ACI) en la COP30 señala el reconocimiento de que la inteligencia artificial moldeará los resultados climáticos. Mientras el instituto se centra en dotar a los países en desarrollo de capacidades de IA, el desafío más amplio es asegurar que el despliegue de la IA acelere la acción climática mientras gestiona su propia huella energética.
Los números hablan por sí solos: los centros de datos podrían consumir 1.000 TWh para 2026[7], pero el despliegue estratégico de la IA puede desbloquear ahorros energéticos superiores al 15%[8]. Estudios recientes estiman que la IA podría reducir las emisiones entre 3,2 y 5,4 GtCO₂e anuales para 2035 solo en los sectores de energía, alimentación y transporte, superando con creces la propia huella de carbono de la IA de 0,4 a 1,6 GtCO₂e[9]. Estas ganancias provienen de aplicaciones ya en uso: aprendizaje automático optimizando rutas de cadena de suministro, gestión energética de edificios y mantenimiento predictivo.
Para SE Advisory Services y nuestros clientes, la IA representa un multiplicador de fuerza, automatizando análisis complejos mientras libera a los expertos humanos para iniciativas estratégicas. Este enfoque de inteligencia colaborativa trata la IA como una herramienta que amplifica el juicio humano, sin reemplazarlo. La clave para desplegar soluciones como esta a escala es la “IA frugal” – un enfoque que prioriza la eficiencia: modelos pequeños y específicos frente a los grandes genéricos; procesamiento local frente a la nube cuando sea viable, y mejora continua de los modelos.
Qué deben hacer las empresas ahora: Adoptar los principios de la IA frugal. Desplegar modelos más pequeños y eficientes para optimización rutinaria, reservar los grandes modelos de lenguaje solo para aplicaciones de alto impacto donde sus capacidades justifiquen los costes energéticos. Medir la huella energética de la IA junto con sus beneficios. Asociarse con proveedores que usen centros de datos alimentados por renovables y con objetivos alineados. Y lo fundamental: tratar la IA como una herramienta que requiere dirección consciente hacia los objetivos climáticos, no es una solución que funcione en piloto automático.
La COP30 terminó con frustraciones familiares: una financiación insuficiente, compromisos descafeinados, decisiones aplazadas. Pero centrarse en lo que no ocurrió ignora lo que sí está ocurriendo. La maquinaria del cambio no espera al consenso; ya está en marcha, construida por necesidad más que por elección.
Belém dejó algo claro: vivimos ya en un mundo a tres velocidades: gobiernos moviéndose al ritmo diplomático, mercados moviéndose al ritmo del beneficio, y la física moviéndose a su propio ritmo inexorable. Entre estas velocidades desacompasadas, las empresas deben operar, no como héroes ni villanos, sino como entidades que intentan sobrevivir a múltiples transiciones simultáneamente. La respuesta pragmática es construir capacidades que funcionen independientemente de qué velocidad acabe dominando.
Las empresas que entienden esto no apuestan por resultados únicos; están construyendo capacidades que funcionan en múltiples escenarios. No porque sean clarividentes, sino porque la redundancia se ha vuelto más barata que la disrupción. Las mismas capacidades que aseguran el cumplimiento del CBAM también reducen el riesgo de aprovisionamiento. La diversificación energética que reduce emisiones también protege contra la volatilidad de precios y la interrupción del suministro. Las líneas base de biodiversidad que pueden volverse obligatorias también identifican vulnerabilidades operativas hoy.
La maquinaria del cambio no recompensa a héroes ni villanos, sino a quienes comprenden que la transformación ocurre a base de pequeños avances, no de golpes de efecto. La COP30 nunca iba a salvarnos. Pero el trabajo que sí puede hacerlo ya ha comenzado.
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[1] https://www.transitionpathwayinitiative.org/publications/135/show_news_article
[2] https://www.broadwayinitiative.org.uk/sector-transition-plans-launched-to-accelerate-investment-and-action-across-uk-economy
[3] https://news.sustainability-directory.com/policy/japan-launches-massive-green-transformation-strategy-with-mandatory-carbon-market/
[4] https://www.iisd.org/articles/insight/cop-30-outcome-what-it-means-and-whats-next
[5] https://www.spglobal.com/sustainable1/en/insights/special-editorial/quantifying-the-financial-costs-of-climate-change-physical-risks
[6] https://www.weforum.org/press/2020/01/half-of-world-s-gdp-moderately-or-highly-dependent-on-nature-says-new-report/#:~:text=Davos%2C%20Switzerland%2C%2019%20January%202020,pollination%20and%20a%20stable%20climate.
[7] https://www.iea.org/reports/electricity-2024/executive-summary
[8] https://www.iea.org/reports/energy-and-ai/energy-demand-from-ai
[9] https://www.lse.ac.uk/granthaminstitute/news/new-study-finds-ai-could-reduce-global-emissions-annually-by-3-2-to-5-4-billion-tonnes-of-carbon-dioxide-equivalent-by-2035/
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